martes, 21 de mayo de 2013

Historia de una novela (y de un novelista)



Conozco a Carlos Soto desde hace 33 años. Ambos fuimos alguna vez dos adolescentes que querían ser escritores y que empeñaban en ello lo mejor de su inteligencia y de sus energías. Vivíamos entonces en Cuatro Vientos, en una colonia militar situada al suroeste de la ciudad de Madrid, entre Carabanchel y Aluche, donde la mayoría de los jóvenes querían vestir el uniforme que vestían nuestros padres. Vivíamos, también, en un mundo prosaico y materialista, el de la España de los 80, cuando en este país empezó a circular de veras el dinero y muchos chavales elegían su camino en la vida teniendo en cuenta la rentabilidad de la apuesta.

Nos acostumbramos a ser percibidos como seres estrafalarios (la literatura ni siquiera tenía el glamour de otras actividades artísticas, como la música) y a perseverar en nuestro empeño en solitario y a contracorriente. Creo que con 16 años, no más, los dos supimos que nos moriríamos escritores, incluso si se daba la circunstancia, que aceptamos como bastante probable, de que nuestro trabajo jamás viera la luz ni tuviera ningún lector, aparte de familiares y allegados.




Con 20 años él regresó a su Palma de Mallorca natal, donde vive desde entonces. Yo seguí viviendo en Madrid. Nunca dejamos de mantener el contacto, pero en cierto modo nuestros caminos se bifurcaron. Yo estudié Derecho, me hice abogado, trabajé una década larga en ese oficio y en paralelo seguí escribiendo, con escasa visibilidad, hasta que en 1997 una novela mía quedó finalista del Premio Nadal, lo que me permitió iniciar una inesperada vida de escritor que acabó arrancándome de la abogacía para recorrer una trayectoria que no es el objeto de estas líneas.

Carlos Soto estudió sucesivamente Filosofía e Informática, y aunque su proverbial inconstancia como estudiante le impidió sacarse dichos títulos, su capacidad y su agudeza le permitieron empaparse de ambas disciplinas con una profundidad nada común. Por lo que toca a la filosofía, su escritura habla por sí sola. En cuanto a la informática, es lo que viene dándole de comer desde hace tres décadas.

Mientras se ganaba la vida entre ordenadores (programándolos, reparándolos y vendiéndolos), Carlos tampoco dejó nunca de escribir. La fortuna, empero, le fue esquiva, o quizá no la buscó del modo en que a la fortuna le place ser buscada (maña esta en la que, sin aventajarle en talento, quizá yo estuve más vivo, aun sin tener, la verdad, demasiada conciencia de ello). El caso es que su bibliografía hasta la fecha se reduce a La unción, una novela que en 2005 obtuvo el Premio Alfonso VIII que otorga la Diputación de Cuenca, y que fue publicada por EDAF y reseñada con interés (y algún reparo, como en él es habitual) por Ricardo Senabre.




En el cajón, Carlos Soto guarda otras muchas novelas. Ser amigo suyo no me impide, al leerle, tener la distancia necesaria para enjuiciar sus logros literarios. En sus textos siempre hay una mirada honda sobre la realidad, expresada con rara fuerza simbólica y a través de imágenes de una inusual viveza. Sus personajes son a menudo perturbadores, y la forma en que se expresan, precisa como en pocos escritores de diálogos he podido apreciar. Pero quizá no prestó, en novelas anteriores, la atención necesaria a la tarea de convertir todo eso en un relato que fluya con la amenidad y la naturalidad que demanda el lector contemporáneo. Y no me refiero a descafeinar lo que se cuenta, como alguno suele, sino a servirlo con esa falsa transparencia que quienes la hemos buscado e intentado alcanzar bien sabemos que obedece al más laborioso y endiablado de los artificios.

En su descargo, no era fácil alcanzar semejante fluidez con la materia prima de sus narraciones, que es compleja y está llena de matices infrecuentes. En La unción casi lo consiguió, y la fuerza de su prosa hizo el resto para convencer al jurado y, aunque no plenamente, al que quizá sea uno de los más insobornables y competentes críticos literarios que hay en estos momentos en España.

El relato que antecede, por cuya prolijidad me disculpo, viene a cuento porque en Enemigo innúmero, la novela que hoy llega a las librerías, publicada por el pequeño sello Playa de Ákaba, del que con este título me siento orgulloso editor, Carlos Soto lo ha conseguido. Ha plasmado su visión del mundo, rica y sutil como la de pocos novelistas que yo conozca, en un artefacto narrativo redondo, fluido y próximo, que permite una lectura en varios niveles y, lo que es más difícil, pasar de uno a otro con suavidad y placer, como si no se tratara de viajar a la trastienda más oscura del ser y de la condición humana, que es lo que al autor le viene ocupando desde siempre.




Lo que cuenta la novela, reducido a términos de sinopsis, puede ser engañoso: un tipo gordo adicto a potentes drogas se embarca en un crucero para solteros por el Mediterráneo, durante el que conoce a una serie de personajes, entre banales y absurdos, en los que, quizá por culpa de las sustancias que consume, ve toda clase de fantasmas y amenazas. Él mismo se siente una mezcla de John Black, el pasmado astronauta enviado a Marte que imaginara Ray Bradbury, y un animal sanguinario que ha de cazar seres humanos para desahogar su odio y su miedo. Una especie de cruce entre el Frankenstein de Mary Shelley (porque como la criatura de la autora británica nuestro monstruo preferiría poder creer en los humanos y amarlos) y el extraterrestre de Sin noticias de Gurb de Eduardo Mendoza, para quien lo raro es nuestro mundo; a menudo, en su estupor, el gordo llega también a alcanzar los espasmos cómicos del novelista barcelonés. Entre el thriller terrorífico (porque el monstruo mata y teme morir), la comedia bufa y la fábula metafísica transcurre esta novela que es, en el fondo y como dice su autor, una reflexión (sobrecogedora, añado yo) sobre la sustancia misma de la realidad y sobre nuestra manera de construirla y desbaratarla.


(C) Toni Salort


Voy a confesar algo: cuando leí esta novela, pensé que era demasiado buena para publicarla en una editorial mínima, como es la que regento. Recomendé su lectura a otros editores, cuyos lectores hicieron informes elogiosos de su calidad literaria, pero sembraron algunas dudas sobre su potencial comercial. Entre tanto, llevábamos ya unos meses de andadura editorial de Playa de Ákaba. Tras leer decenas de manuscritos que no nos convencían, un día, conversando con mi socia Noemí Trujillo, surgió la idea: ¿y si publicamos, como nuestra primera novela, Enemigo innúmero?

Se lo sugerimos a Carlos y se mostró encantado con la posibilidad. Quiero, en estas líneas, agradecerle la confianza, que como editores no nos debe, a pesar de la amistad, para traer al mundo una novela de este calibre y que para él es tan importante, en tanto que viene a condensar sus tres décadas de oficio literario. A nosotros, pequeños editores habituados a vivir en territorios que los grandes evitan, no nos asusta el hecho de que pueda ser un libro para unos pocos lectores, aunque, después del trabajo que ha hecho el autor sobre el manuscrito, recogiendo entre otras las observaciones recibidas de otros editores y las que nosotros le hicimos, creemos que ha logrado una narración que puede leer y disfrutar todo lector que tenga un mínimo de inquietud y curiosidad, con el placer añadido de zambullirse en una obra singular, que no sigue ninguna moda ni es servil de ninguna fórmula de éxito sino que busca (venturosamente) su propia vía. Y si vienen muchos a sumarse al festín, estamos en condiciones de atenderlos.

Ahora, comentamos quienes hacemos Playa de Ákaba, tenemos un problema: encontrar una segunda novela que mantenga el nivel de nuestra colección de narrativa. Seguimos en la búsqueda, con el estímulo que da saber que hay formidables autores que están ahí, aguardando a que alguien los descubra.


Nota: La novela sale hoy a la venta en librerías. En pocos días esperamos tener disponible el ebook, a 1,99 euros (aunque confiamos en que unos cuantos de los que lo lean así querrán poseerlo luego en papel y, si su poder adquisitivo se lo permite, claro está, lo comprarán). Para más información, sobre ambos formatos, la página de Playa de Ákaba. Y si quieres leer el discurso del autor el día de la presentación en primicia en Palma de Mallorca, que no tuvo desperdicio, está en nuestro blog.

Abrazos.



martes, 7 de mayo de 2013

Enemigo innúmero




En Playa de Ákaba, la editorial y minipyme que comparto con mi socia y compañera de fatigas Noemí Trujillo (como dos buenos y duros guerrilleros, en esta España depauperada y regida por poderes ineptos, en este mundo invertebrado y a merced de las trasnacionales y en este mercado del libro asolado por los piratas de uno y otro lado del tablero), estamos de estreno y de enhorabuena. Este sábado presentamos en Palma de Mallorca Enemigo innúmero, la primera novela de nuestro sello, de la que es autor Carlos Soto, un escritor nacido y residente en Palma (de ahí el lugar del evento) que, aunque sólo tiene una novela publicada anteriormente (La unción, EDAF, 2005), lleva treinta y tantos años encadenando palabras, algo que se le nota y de qué manera. Pego más abajo la invitación. Si la pincháis, ya sabéis, Blogger os la agranda, y merece la pena.





Lo que opino del libro lo he escrito, como es obligación del editor, en la cuarta de cubierta (para los legos en la materia, la parte de atrás del libro). Lo transcribo aquí:

"La vida es una cacería incesante..." Con estas palabras de Schopenhauer se abre una novela única, inclasificable, absolutamente original en el panorama de la narrativa española contemporánea. Con una escritura acerada y brillante, rigurosa y exigente en cada pliegue, Carlos soto entrega la febril historia de un monstruo que caza y sufre, en el delirante marco de un crucero para singles por el Mediterráneo. En sus páginas hay espacio para la misantropía y la ternura más extremas, para el humor descacharrante con guiños filosóficos a iconos de la cultura popular como Tom y Jerry o Silver Surfer, y para el homenaje a maestros de la ficción fantástica como Bradbury, Lem o el olvidado y deslumbrante W. H. Hodgson. Un festín de literatura, entre el thriller terrorífico y la parábola metafísica, del que ningún lector que lo sea de veras saldrá indemne.





Bueno, que sólo quería que lo supierais. Y si alguno anda por Palma, puede venir y llevarse un ejemplar firmado por el autor. Dentro de unos años se cotizará en sumas astronómicas, por ser el primero de nuestro sello y la primera edición de un novelón. Toda una herencia para vuestros hijos. En fin, al menos ésa es mi apuesta.

Ah, en librerías de toda España el 21 de mayo. Y en ebook, a través de la página de la propia editorial, por 1,99 euros y sin DRM. Para que los de siempre tengan la elegancia de decir que, como es demasiado caro, se ven obligados a piratearlo. Los que tengáis otra opinión, y seáis lectores electrónicos, apostad por un autor y unos editores que apuestan por vosotros. ¿O no?

Abrazos.


viernes, 3 de mayo de 2013

Nos quedan los lectores





Son tiempos duros para todo el mundo, pero también para los que escriben, editan o venden libros. La bajada de las ventas compromete la supervivencia de no pocas de las gentes que al libro entregan sus horas, y mientras los gobiernos aprueban leyes que no resuelven nada y lo embarullan todo en ineficaces procesos administrativos, mientras muchos editores se resisten a dar pasos decididos para poner su granito de arena en la creación de un mercado del ebook que funcione, cierran librerías y cada vez más españoles se acostumbran a que los libros son algo que "se baja por Google".

En este contexto, más que entonar la queja, que de nada sirve, y menos ante unas autoridades estupefactas y unos jueces desbordados, conviene volverse a quienes realmente constituyen la línea de defensa del libro: los lectores verdaderos y generosos que aún nos quedan.

Ellos, por ejemplo, son los que demandándolo han conseguido que se reeditara en papel el libro que abre esta entrada, Carta blanca, y que llevaba un par de años agotado (aunque estaba disponible en ebook). Una alegría volver a tener esta historia en las librerías, y no puedo ni debo olvidar a quién se lo debo. Una nota sobre la foto de cubierta: son legionarios de 1921, justo la época de la primera parte de la novela, por cortesía de mi buen amigo Santiago Domínguez.




Por eso esta semana, que me invitaron a hacer el pregón de la Feria del libro de Sevilla (muy concurrida, por cierto, y bendita sea esa estampa) quise recordar que son ellos, los lectores, los que hacen que esto exista y a quienes, parafraseando a Chandler, debemos volvernos con pasión y humildad renovadas para preservar el pacto que nos une. Aquellos que de veras aman los libros, aquellos que no pueden contentarse con consumir el último título de moda cada año, y que aprecian en lo que vale el esfuerzo de hacer literatura, son los que mantienen, y creo que seguirán manteniendo, la posibilidad de escribirla, con toda la diversidad y riesgo que ello exige.

Uno de esos lectores, sin ir más lejos, ha hecho una disección de mi última novela, La marca del meridiano, que de veras me ha conmovido y que no puedo sino recomendar que leáis, pinchando en los siguientes enlaces (son cuatro entregas).


El cuento que no es cuento. La marca del meridiano (1)

El cuento que no es cuento. La marca del meridiano (2)

El cuento que no es cuento. La marca del meridiano (3)

El cuento que no es cuento. La marca del meridiano (4)


Gracias, amigo. Para esto escribe uno libros.

Abrazos.

domingo, 21 de abril de 2013

Bevilacqua de enhorabuena






Lo que abre esta entrada es la cubierta de la edición italiana de El lejano país de los estanques. Sí, los que sepáis italiano comprobaréis que no es eso lo que significa el título. Como en el caso de la edición francesa, han preferido tomar el título del primer capítulo, Una mujer suspendida, que alude a la posición en que se encuentra el cadáver que abre la historia y de paso define a la víctima.




Tampoco los alemanes usaron el título original:




Tödlicher Strand significa algo así como Playa mortal. Y el subtítulo indica que es una novela negra situada en Mallorca. Que eso a los alemanes sí que les suena

En fin, todo esto debe significar que el título es intraducible. Pero esto es lo de menos. Lo importante es que el libro llega a un idioma más y a los lectores que eso representa.

La traducción, como en otros casos, de la exquisita traductora Roberta Bovaia, en cuyo italiano Bevilacqua suena como quizá no me ha sonado en ninguna otra lengua (de las que puedo leer).




Y hay otra buena noticia. Se han hecho públicos los finalistas del Premio Hammett 2013, el que otorga la Semana Negra a la mejor novela negra del año en español. Y ahí está La marca del meridiano. Podéis verlo en este enlace.

La compañía es inmejorable. Aprovecho para felicitar a los demás finalistas. Estar ahí es un logro. Luego el jurado, como es norma en estos casos, decidirá. Por lo pronto, gracias.

Abrazos.

jueves, 28 de marzo de 2013

Atalayas






Lo que muestra la fotografía es la atalaya del Cerro de los Ángeles, desde la que el otro día se tenía esta vista portentosa de Madrid con la sierra toda nevada al fondo (para apreciarla bien, como os recomiendo hacer con las demás fotos de esta entrada, mejor pinchad en la imagen). La foto se la debía a los lectores de Algún día cuando pueda llevarte a Varsovia. Sí, es ahí a donde Laura lleva a Andrés para que le cuente la historia. Pero siendo la foto del pasado lunes 18 (que aproveché para subir con otra Laura, mi hija), en ella se ven unas cuantas cosas que Laura y Andrés, allá por 1996, que es cuando está situada la acción de la novela, no podían ver. Sobre todo, las cuatro torres que ahora mandan en el skyline.




Esta otra atalaya es la que hay en el extremo de una de las calas de Tossa de Mar, desde la que se ve la antigua ciudad medieval amurallada. Un lugar mas que recomendable para pasar, sin mucha presión de turistas aún, el primer trecho de la Semana Santa.




Y tras unos días en la Costa Brava, de regreso al Baix Llobregat y a la playa de Viladecans, que este marzo pródigo en lluvia y viento se ve así. Ya sé que "atalaya" se refiere a lugar elevado y por tanto esta foto podría parecer fuera de lugar. Pero mirando esa playa sobrevuelo a menudo los problemas, y se me ocurrió ponerla para completar, por si a alguien más le sirve a esos efectos.

Abrazos.
  

miércoles, 6 de marzo de 2013

Entre guardias anda el juego




Lo que veis más abajo es una de mis pocas posesiones materiales que realmente valoro. Se la debo a un buen amigo, Félix, con quien comparto una circunstancia: ambos tenemos un ascendiente (en mi caso, mi abuelo materno, Manuel) que perteneció al Cuerpo de Seguridad de la República. Se trata de la insignia, original, que esos hombres (no había mujeres, aún) llevaban al cuello.




Le agradezco mucho a Félix que me consiguiera esa joya, que no lo es por su metal (de poco valor) sino por lo que simboliza. En el caso de mi abuelo, una entrega al cumplimiento del deber, y un empeño por ser un policía humano y leal a sus conciudadanos, que fueron premiados con la expulsión del cuerpo en 1939. Así es este país en el que le tocó nacer, qué vamos a hacerle.

Coincide además el regalo de Félix (a través de mi padre), con otro regalo que me viene de la mano de otros guardias, en este caso civiles, contemporáneos, igualmente cumplidores y por fortuna no expulsados como mi abuelo: los 6.000 afiliados de UniónGC, una de las asociaciones de guardias civiles, que han tenido el detalle de nombrar a Chamorro y Bevilacqua miembros honorarios de su asociación (honorarios e imaginarios, bromeé con ellos).

Tengo pruebas:




Y yendo más allá, extendieron el honor al que suscribe, que puede enorgullecerse (y me enorgullezco) de ser guardia civil honorario desde 2010.




Aún tuvieron un detalle más. Me regalaron otro guardia para mi colección, uno que no tenía y que me gusta, especialmente, por esos grandes pies, que tan bien representan a unos hombres (y desde hace 27 años, mujeres) que tanto se han pateado los caminos para proteger a sus semejantes.

De pequeño mis padres me decían que procurara andar en buenas compañías. A estas alturas, no me cabe duda que la de Bevilacqua, Chamorro y sus compañeros es de las mejores que me ha deparado la fortuna.

Abrazos.


miércoles, 27 de febrero de 2013

El hombre que destruía las ilusiones de los niños



El pasado día 15 salía a la venta en ebook el que por ahora es mi último libro publicado: se llama El hombre que destruía las ilusiones de los niños, y es una recopilación de relatos de corte apocalíptico, en el más amplio y genuino sentido (el de revelación). Contiene 21 cuentos escritos a lo largo de los últimos 24 años, que ven la luz gracias a Ediciones Tagus y dentro de su muy interesante apuesta por los libros en formato electrónico.




En algunos medios se lo presentó como un libro de relatos de juventud... No es exactamente así. Hay, es cierto, cuatro relatos que datan de finales de los 80 y principios de los 90, y por tanto de mis primeros afanes como narrador. Decidí incluirlos porque contienen los primeros esbozos de la idea que vertebra el libro, y que así como quien no quiere la cosa ha ido inspirándome narraciones de tono diverso a lo largo de estas dos décadas. Esta idea puedo resumirla más o menos así: hay momentos en la vida en que una verdad oscura se nos revela; y aunque a primera vista ese descubrimiento nos parezca incómodo, o adverso, o incluso terrible, en esa conciencia de la oscuridad que arrastrábamos sin saberlo encontramos una luz que ilumina nuestra percepción de las cosas y, en algún caso, nos hace mejores.

En la colección hay relatos alegóricos, policiales, humorísticos, de ciencia-ficción. Incluso alguna que otra historia de amor.

Como muestra, un trozo de uno de los relatos que es ejemplo a la vez criminal y de humor negro, Lo que tiene ser buena persona:


De modo que la maté. No lo he negado nunca y no lo voy a hacer ahora. La maté con pleno conocimiento, y con un convencimiento no menos pleno también. Sé que infringí la ley, pero hice lo que juzgué que era mejor ante mi conciencia. Y de la mejor manera posible, además. Es probable que sintiera algo cuando le descargué en la nuca la corriente de 15 000 voltios, pero en todo caso debió de ser una sensación muy breve. Y estaba completamente inconsciente cuando le seccioné la yugular. La vida se le derramó sobre las baldosas plácida y suavemente. No creo que ella, de haber sido la situación inversa, se hubiera tomado tantas molestias para paliar mi sufrimiento. Hay algo más que me gustaría decir. La acusación me pide una indemnización en concepto de responsabilidad civil, por los daños morales derivados del delito. Así como acepto la prisión, rechazo enérgicamente este concepto. Les he librado de ella. No debería cobrárseme nada por ello. Soy yo el que debería cobrarles, pero se lo perdono. Es lo que tiene ser buena persona.

Y para compensar, un fragmento de uno de los relatos amorosos, Habitación 311:


Al recordarla así, deshaciendo el recogido de su pelo, esta noche que estoy solo y entre estas paredes, siento una punzada de nostalgia. En realidad sólo cuenta eso, esos instantes, sucedan donde sucedan, en que alguien se suelta el pelo para ti, y ya hace tiempo que no recibo ese regalo. Recapitulando todo, veo que ella tenía razón. E imagino los matrimonios que en esta habitación habrán empezado y concluido, los niños engendrados, las pasiones desatadas y consumidas, los hombres que se habrán hecho y acabado sobre esa cama grande que me espera muda. Pero, sobre todo, la recuerdo a ella. Recuerdo aquella noche, aquella piel, aquella voz en sus susurros y en sus gritos, aquella risa, aquellas lágrimas con las que ungí mis labios. Hace años que ella cumplió su plan, y esta noche su cuerpo ya no duerme en ninguna habitación de hotel de ninguna ciudad del mundo. Por eso, esta noche, para conmemorarla, quise que el mío reposara aquí. En la habitación 311. Donde una vez mi vida fue mía.


Espero que lo disfrutéis. Lo podéis comprar aquí. Sólo son 4,99 eurillos y no lleva DRM. Sigo haciendo lo que puedo, por encontrar el equilibrio entre facilitar la cultura en condiciones asequibles ( y respetuosas para el consumidor) y tratar de hacer de la escritura una forma digna de ganarse la vida.

Abrazos.