jueves, 19 de marzo de 2015

Música para feos, tres pinceladas






Sale el próximo 9 de abril, y la verdad es que estoy contento. Llevaba unos cuantos años detrás de esta historia, que me requería viajar a sitios y hablar con gente que no resultan fácilmente accesibles. Al final la fortuna conspiró en mi favor y aquí está, con todo lo que quería que tuviera.

He resumido lo que es en tres pinceladas.

Una historia de amor.

Diría que hace veinte años que no escribía una historia centrada en el sentimiento amoroso. Historias de amor, más o menos expresas o reconocibles, hay en muchas de mis novelas, pero de ninguna de las que he escrito en estas últimas dos décadas puede decirse que el amor sea su línea medular, el motor central de la narración. La última vez que lo hice fue en La flaqueza del bolchevique, de cuya escritura hará justo veinte años en este 2015. Son delicadas, las historias de amor: la cursilería, el melodrama y, últimamente, la pornografía, acechan al escritor en cada una de sus esquinas. Por eso a mí me gusta, para este ejercicio que sólo hago cada dos décadas, escoger amores difíciles, de esos que nacen y viven a contrapelo, y en cuyos recovecos, si uno anda despierto, pueden evitarse esas tres degradaciones. La anterior la contaba un hombre. Lo primero que tuve claro de ésta fue que la contaría una mujer. Y que, como aquella, celebraría y trataría de contar la felicidad de encontrar a quien amar con pasión, termine como termine la historia. Al final, ya sabemos en qué paran todas.

Ella.

Una historia de amor, si ha de dar una novela, no puede suceder entre dos personajes cualesquiera. Cada uno debe ser portador de un mundo que merezca la pena indagar. Mónica es en esta novela algo más que la mitad de la pareja: es la voz y es la mirada. Como ella misma dice, una mujer ya no tan joven, y todavía lo bastante joven, como para haber aprendido a ver y haberse dejado algunas plumas importantes por el camino, sin haber llegado a perder las ilusiones. Periodista vocacional, es una víctima de la depauperación de la sociedad en la que vive, que la arroja a una sistemática rebaja de sus expectativas, a un empleo que aborrece, a labores que la apartan de su ser, y a la vez una perdedora en el juego del amor amañado por las imposturas y las renuncias de quienes habitan ese escenario venido a menos. Éste es su punto de partida, ciertamente no envidiable, pero todavía queda en ella algo susceptible de salvarse. Algo que se salvará, e irá a más, al conocer a Ramón, al calor de la música que entre ambos suena una y otra vez, como metáfora del arrebato amoroso.

Él.

Comienza siendo un misterio, y en buena medida la novela es, también, la historia de cómo Mónica desvela ese misterio, hasta las últimas consecuencias; en parte con ayuda de Ramón, que se aviene a entregarle un trozo de su secreto, y en parte por sí misma, ejerciendo como la reportera que su subempleo no le deja ser. Ramón es también un perdedor, pero al contrario que Mónica sí ha encontrado un espacio en el que desplegar su carácter y llegar a percibir el latido de la pasión en sus actos. Es un espacio conflictivo y peligroso, que sirve de trasfondo a la novela y alberga la historia que se nos cuenta en segundo plano. Vivimos en un mundo en conflicto, y están las personas que prefieren ignorarlo, encomendando a otras que lo gestionen, y las que asumen el papel de mirarle cara a cara al lobo. Ramón es una de estas últimas, pero no quiere apabullar a nadie con el papel que él mismo ha elegido para sí. Por eso no lo ostenta ante Mónica, y tendrá que ser ella la que averigüe hasta dónde el hombre al que ama ha aceptado comprometerse. Hay muchas maneras de contar una historia, y la de Ramón, que habría admitido otros relatos más consabidos, se muestra por reflejo, a través de los atisbos que de ella tiene la mujer que le quiere y le añora cuando se ve separada de él.

Si queréis saber más, os remito a la página de la editorial. Donde, como curiosidad, encontraréis la lista de las 21 canciones, una por capítulo, que suenan en la novela.

Abrazos.


miércoles, 22 de octubre de 2014

La ciudad de debajo



Hay una persona bajo cada persona, una ciudad bajo cada ciudad, un mundo bajo cada mundo. Hay personas, ciudades y mundos reales. Hay personas, ciudades y mundos virtuales. Sólo quienes no han leído lo suficiente o no han mirado suficientemente alrededor piensan que los primeros pesan más que los segundos. Quienes se fijan mejor saben que a veces lo virtual derriba lo real. Y que otras veces es la viga sobre la que lo real apoya su maltrecha e inestable techumbre.




Subway Placebo, de la escritora ilerdense Rosario Curiel, es uno de los libros que he tenido la suerte de alumbrar como editor, junto a mi socia Noemí Trujillo, bajo nuestro humilde sello Playa de Ákaba. Es, también, un viaje alucinatorio, que no alucinado, a una suerte de Barcelona subterránea que palpita bajo la Barcelona superficial, corroyéndola y sosteniéndola a la vez. Una metáfora poderosa, inquietante, servida con palabras bien pulidas y dispuestas y personajes desvencijados y precisos.

Es literatura, invención, sueño y pesadilla a la vez. Y es mirada franca, derecha, a esos escondrijos que buscamos para salvarnos y con los que condenamos, a ese otro que pudimos haber sido, a quedar en simple remedo de sus posibilidades.

Barcelona, elección sentimental de la escritora, es una ciudad que en general gusta, agrada e incluso deslumbra. Por eso, y porque el diablo nunca se esconde tras ropajes repulsivos, está tan bien elegida como corteza superior del subterráneo en el que se los sentidos se aturden y se ciegan los caminos. Puede que a alguno le ofenda: a mí, que siento un afecto inextinguible por ella, no me importa la irreverencia de la autora. Es otro modo de homenajearla: sólo se puede profanar lo que previamente se venera.

Anteayer circulé por el metro de Barcelona, entre Sants y el Clínic. Apenas dos estaciones, pero bastaron para recoger esta impresión: el calor era atroz, y creí haber bajado a la ciudad soterrada, el Subway Placebo de Rosario Curiel. Ésa es la fuerza que tiene la literatura, la invención: cambia y enriquece las perspectivas de la vida.

Si os gustan los libros que os desafían como lectores, leedlo. No me reprocharéis, creo, haberos puesto tras su pista.

Abrazos.

lunes, 1 de septiembre de 2014

La vida me trajo







Hoy alguien me ha dicho que Mohamed Ibrahim Zauq es un personaje al que no conoce nadie, dándome a entender que no era relevante para ciertos efectos. En lo primero he de darle la razón; en lo segundo, acaso desde la ingenuidad y la utopía, me niego. Nacido y muerto en Delhi, en 1789 y 1854 respectivamente, Zauq es el gran poeta de la lengua urdu, la sexta del mundo. Su poesía es sencilla, limpia y profunda. Merece conocerse, como el personaje. Sobre éste, remito a una fuente usual que no es, en esta ocasión, mal punto de partida. Sobre la poesía, y desconociendo que haya sido vertido al español o dónde pueda localizarse, me he permitido volcar a mi lengua, desde una versión inglesa (el urdu excede mis capacidades) estos versos que creo que permiten paladearla:


LA VIDA ME TRAJO

La vida me trajo, así que vine; la muerte me lleva y me voy.
Ni vine por mí, ni me voy por mi voluntad.

Pocos jugadores habrá tan malos como yo;
cada jugada que hice resultó desastrosa.

Es mejor que uno no se apegue a los encantos del mundo,
pero, ¿qué hacer cuando nada puede lograrse sin implicarse?

¿Quién viene al rescate de quien se apresta a dejar este mundo?
Tú, manténte en movimiento mientras moverte puedas.

Oh, Zauq, me marcho de este jardín con ansia de aire fresco.
Qué me importará, ahora, si el céfiro sopla o no.



Abrazos.

domingo, 17 de agosto de 2014

Top 5, un día cualquiera



La imagen muestra los cinco primeros resultados de la búsqueda "lorenzo silva" entre las páginas de las últimas 24 horas en el buscador más utilizado en España.





De cinco, cuatro son páginas de enlaces piratas. Y así, todos los días. Para quien lo considere normal, o saludable, vaya mi perplejidad, una vez más.

He borrado los enlaces para no darles publicidad. Total, quien quiera llegar a ellos, por poco que sepa de ordenadores, ya sabe lo que tiene que hacer.

Abrazos.

jueves, 14 de agosto de 2014

El ideal y la verdad



Todo hay que sacrificárselo al ideal. Ser idealista es lo imprescindible: sin perjuicio de no perder de vista la realidad y luchar con ella para que respete nuestro ideal.

Ni entre fantasías e invenciones hay que perder la aguja de marear, la brújula de lo que es bueno y bondadoso, de lo que no se puede supeditar a pacto sectario.

Lo que hay que saber es la verdad, pero no la verdad premiosa y para distraer de la verdad que propugnan los filósofos, sino la descripción del no estar engañado que sólo logra el escritor evitando así que sea vilipendiado el hombre bueno por gentes y agencias que están pagadas para perturbar la verdad del mundo.

A lo más que puede uno llegar, lo único encantador y afortunado de la vida, es a estar enterado de lo que va sucediendo a nuestro alrededor y hacer justicia a las cosas y las personas con las que nos tropezamos.

Rehuir esa clarividencia, ese saber lo que sucede y suprimir los testigos más sinceros, es encerrarse en la miseria suma por acomodado que se esté.

Gracias a la tendencia heroica del escritor se consigue algo de esa verdad en los pocos libros singulares que en el mundo va habiendo.

He intentado tener toda la dignidad que he podido.

Nunca estaré con los hipócritas ni los hiperbólicos, y no tomaré parte en cosas secretas.

Lo más que se puede conseguir es sortear la fiera humana. Mi único éxito es no haberme rozado con ella más que de refilón y haber salido ileso.

Ramón Gómez de la Serna, Automoribundia (1948).




Sesenta y seis años después, nada sobra ni falta. Vale todo, tal cual.

Abrazos.

sábado, 2 de agosto de 2014

De nuevo, el desierto



Me doy cuenta de que el mes de julio ha pasado entero y en blanco para el blog. Creo que es la primera vez que me sucede, desde que lo abrí, aunque en los últimos tiempos, en concreto durante los dos años de funcionamiento de La Mirilla en msn.es, lo haya actualizado con bastante menos frecuencia. He descubierto que no es bueno que un hombre mantenga, a pleno rendimiento al menos, más de un blog. Dispersa y en buena medida agota.

Acabado el trayecto de La Mirilla (por cierto, trataré de recuperar su contenido histórico en algún sitio, por si deja de estar accesible en el lugar original), pronto emprenderé otro viaje bloguero del que ya informaré puntualmente. Entre tanto, y valga esta entrada por el silencio de julio, quería contar varias cosas que tienen que ver con lo que me ha mantenido absorbido en ese mes y que a su vez se relacionan, todas ellas, con el desierto. Ese lugar del que ya hablamos aquí en alguna ocasión, pero sobre el que reincidiremos con gusto cuantas veces sea necesario.




Aunque no es una noticia de julio, fue en este mes cuando la conocí. Hace un par de meses salió  de imprenta la vigésima edición del libro cuya cubierta se ve sobre estas líneas. Han pasado 16 años desde la primera, en 1998. Tres lustros largos y en números redondos 100.000 lectores. No está nada mal, para un género que para muchos ni existe ni es digno de ser tenido en cuenta, la narrativa juvenil. Me ha dado muchas alegrías y algunos de quienes lo leyeron se han convertido en valiosos compañeros de viaje. Me los encuentro a menudo por ahí, convertidos ya en hombres y mujeres. Una de ellas me recordó no hace mucho un par de frases que se le quedaron grabadas: "Cada uno tiene su camino. Nunca vayas por el de otro". Quizá sea la vez que he acertado a decir más con menos.





Este mes de julio ha tenido además una semana especial. Una semana compartida con los habitantes de la FSB (Forward Support Base, o Base Avanzada de Apoyo) de Herat, Afganistán. Rodeado justamente de desierto por todas partes. La foto es justamente de los alrededores. Allí compartí el grueso de las jornadas con los guardias civiles destinados en la unidad de Policía Militar del contingente español (en la base hay además estadounidenses, italianos, eslovenos, ucranianos y lituanos). Aquí posamos todos, junto a sus Linces, vehículos blindados de reconocimiento (las caras difuminadas lo están por motivos de seguridad, relacionadas con las labores en la Península de los interesados).




También tuve la oportunidad de salir de la base, en este caso con otros acompañantes, una experiencia que he podido contar por extenso en otra parte. Sin embargo, los editores de este texto escogieron para ilustrarlo una fotografía que seguramente era la menos relevante de la que les mandé. Más que el rostro del reportero, me interesaba mostrar el duro y a la vez bello paisaje del desierto afgano, un lugar tan áspero como pocos que yo haya visto, y sin embargo de un extraño atractivo. Ahí van unas muestras:












Me parece simbólica la imagen de esos soldados europeos contra el horizonte afgano, borroso por el polvo alzado por el viento incesante (los 120 días de viento, lo llaman los del lugar). Es como si fueran astronautas en otro planeta, y seguramente tienen bastante en común con ellos. Uno se pregunta qué quedará de su labor (han usado las armas, pero también han amparado a fracciones de la población afgana, y muy en particular a su subconjunto más nutrido, el femenino, que nunca tuvieron quien las protegiese de los abusos) cuando se desmantelen las bases. Y resulta inevitable temer que sea demasiado poco, para el esfuerzo y el derroche, de medios y de vidas, que allí se ha hecho.

A finales de mes, otro viaje al desierto. En este caso al desierto imaginario, o para ser más exactos a un desierto que gracias a la imaginación y a la magia del cine acabó representando otro. Me refiero a Almería, y en concreto a Carboneras, el paraje que en la película de David Lean ofició como la playa jordana de Ákaba, a donde llega T. E. Lawrence después de cruzar el desierto del Nefud. Lo que allí hicimos tiene que ver, claro, con la editorial que fundé junto a Noemí Trujillo y que ostenta como logotipo esa playa imaginaria de Ákaba que está en Carboneras. La I Jornada Carboneras Literaria fue un éxito, y no lo digo yo, por lo que agradezco a la ciudad y a su gente y a mis buenos amigos almerienses.

Uno de ellos, Adolfo Iglesias, me regaló esta foto:




Es la playa del Algarrobico con el decorado alzado sobre ella para representar fugazmente sobre el terreno, y eternamente en el celuloide, la Ákaba legendaria. El que está en primer plano es un miembro desconocido del equipo de la película. Si alguien lo reconoce, nos hará un favor al que suscribe y a quien tuvo la amabilidad de proporcionármela.

El decorado ya no está allí, pero la playa persiste, casi virgen, salvo por cierto atentado urbanístico sobradamente conocido al que siempre se le puede volver la espalda para admirar el horizonte. Os recomiendo que no dejéis de verla, si podéis. Tiene algo.

Y ahora toca, al fin, después de dos años sin parar, tener un poco de vacaciones. Nos vemos a la vuelta.

Abrazos.

lunes, 30 de junio de 2014

Nos vamos (de otro blog)



La semana pasada este señor anunció que se vuelve a enseñar Química Orgánica en la misma facultad de la que salió hace treinta y dos años para meterse en política.




Olé por él. He leído de todo: que si es una irresponsabilidad, que si la Química ha cambiado radicalmente, que si incluso hay no sé cuántos elementos nuevos en la tabla periódica. En qué poca estima tienen el intelecto de un profesor que, dicho sea de paso, ha anunciado que no dará clase hasta el segundo cuatrimestre, para tener tiempo para actualizarse. Me da a mí que en esos cuatro meses puede refrescar lo que muchos no aprenderían en cuatro años (o en cuarenta). Y eso de volver a ser lo que uno fue, qué lección para los que juegan a ser lo más sin haber sido jamás lo menos, incluso sin haber sido nunca nada.

Seguir leyendo (en el blog de msn.es).