Más o menos así es como se dice en checo La flaqueza del bolchevique, el título de la novela que acaba de traducir y publicar en ese idioma la editorial Garamond. La verdad es que ya me hizo mucha ilusión que saliera en ruso (el primer idioma al que se tradujo), pero no puedo olvidar, quizá caprichosamente, que esta a la que ahora se vierte era la lengua a la que Milena traducía a Kafka. Espero que me dejéis celebrarlo, y hasta conmoverme un poco.
En fin, puedo explicar esta vez por qué llevo semanas sin pasarme por el blog. Del 13 al 19 de octubre estuve en Santiago de Chile, en mi calidad de comisario español del primer festival Santiago Negro. Un acontecimiento memorable, qué voy a decir yo. El magnífico equipo chileno del festival, y el impulso del director del Centro Cultural de España en Chile, Andrés Pérez Sánchez-Morate, y la inteligencia del comisario chileno, Ramón Díaz Eterovic, lo hicieron posible. Y mis estupendos cómplices españoles, no quiero olvidar a ninguno: Juan Madrid, Andreu Martín, Juan Bolea, Domingo Villar, Kama Gutier y Mercedes Castro. Sobre cómo salió, escuchad a los chilenos, navegad por la blogosfera. Yo debo callar aquí.
Y del 21 al 25, con sólo un día en medio para venir y pasar el jetlag, Getafe Negro. De éste voy a decir menos aún. Mirad los blogs, la prensa, etcétera. Sólo resaltaré la profesionalidad, inteligencia, simpatía y amenidad de mis colegas suecos, con los que aparezco en la foto de arriba (bueno, con los más jóvenes de ellos). Vinieron Maj Sjöwall, Thomas Kanger, Asa Larsson, Mari Jungstedt, Jens Lapidus, y la viuda (moral, que no legal, de Stieg Larsson), Eva Gabrielsson, que supo emocionar durante dos horas a 200 personas.
Hasta nos sacaron en la tele:
Para cerrar esta entrada, una foto de la performance inaugural de Santiago Negro, con los dos comisarios atados y sometidos a hábil interrogatorio por unos despiadados policías (por suerte, eran actores, y los puñetazos fingidos, pero cantamos igual).
Bueno, y he aquí otro libro, que es cualquier cosa menos un libro más. Es el primero que escribo junto a mi hija Laura, a partir de una idea y un argumento 100 por 100 suyos, sobre el que trabajamos ambos juntos para darle forma a un texto que ha ilustrado con su elegancia, su luz y su delicadeza de siempre la simpar Violeta Monreal.
Abajo una imagen de los felices escritores. En cuanto al libro, acaba de aparecer. Espero que lo disfrutéis, sobre todo los que tengáis pequeños en casa. Y en cuanto a los grandes, a mí me ha servido para aprender, sobre todo cómo ven ellos los videojuegos, y cómo éstos van nutriendo en ellos un imaginario que no tiene por qué ser nocivo.
La foto está hecha en un área de servicio de Gavà, muy cerca de mi casa barcelonesa. Tiene su punto, aunque si uno lo piensa bien, tampoco es tan improbable que haya un checo que se dedique al transporte y tenga ese apellido.
He estado dos meses sin pisar el blog. Tenía un buen motivo, que me alegra compartir con quien pueda dejarse caer por aquí. Estaba en el camino, como el camión de la foto; en parte en sentido literal, y en parte en sentido figurado, terminando una novela. Ya está lista. Se llama La estrategia del agua y es la quinta de Bevilacqua. Si el editor se atiene a su programa, el 4 de marzo de 2010 en las librerías.
Algunos la conocerán. Está en plena playa de Bolonia, en Cádiz. Era una ciudad bastante aparente, con su teatro y todo, y también el puerto del que se partía hacia Tingis, la capital de la Mauritania Tingitana, cuando ambas orillas del estrecho donde se abrazan el Mediterráneo y el Atlántico eran la misma cosa, Roma. Al fondo en la foto, aunque algo borroso (justo encima de las adelfas), se ve África.
En la foto de más abajo, tomada desde un mirador cercano a Tarifa, se ve mejor. A la derecha, el Yebel Musa (o monte de Muza), el compañero del otro lado del peñón de Gibraltar (o monte de Tarik). Antes de llevar el nombre de dos moros, estos pedruscos insignes eran las famosas columnas de Hércules de los antiguos. Lo que se ve a la izquierda en la foto, esa ciudad blanca con otro monte adosado, es Ceuta, un trozo de España al otro lado del agua.
Siempre que me asomo a este balcón, a esta calle de agua entre Europa y África, imagino un puente encima. El día que exista, el día que las dos orillas se conecten a través de una vía física (aunque sea de peaje) éste será otro mundo. Para mí, mucho mejor. Pero otros, y demasiado poderosos, temen ese momento. Ojalá no nos impidan llegar a verlo. Mientras tanto, en su homenaje, ahí va otra foto: Gibraltar, con un animal mucho más sabio que ellos.
El otro día, de pronto, me acordé de una música. Hacía muchos años que no la oía, que ni siquiera pensaba en ella. Pero durante una época, allá por mi adolescencia, la escuchaba casi a todas horas. La puse muchas veces, y acompañó por igual los sueños y los reveses de aquel muchacho que era yo y al que por tanto me abstendré de calificar. Es una canción (o no, porque se trata de una pieza instrumental que no canta nadie) sobre lo perdido, y quizá por ello estuvo más presente en mis añoranzas que en mis éxtasis. Pero ahora he descubierto algo. Por aquel entonces era muy poco lo que yo había perdido, y la emoción que sentía al escucharla era, en realidad, un presentimiento. El de aquel día que llegaría en el que serían más, y más significativos, los quebrantos, las decepciones y las ausencias. En el que sí que sumaría en mi cuenta pérdidas de las que importan y afectan a las personas.
Cuando la he recuperado, ahora, ya es el día. He perdido cosas que me importaban. Ya no está mi abuela, por ejemplo, ya no tengo la inocencia confiada de otra época, ni otras ingenuidades que sería fatigoso y acaso improcedente detallar. Unas las perdí, otras me las quitaron.
Pero conservo las suficientes como para conmoverme al oír esta música. Y al hacerlo mi memoria me devuelve todo aquello que se fue, y a todo rindo el debido homenaje. Pero distingo entre lo que dejó huella, y lo que quedó en nada. El tiempo decanta, fija el peso de las cosas. Y también, es crudo decirlo, el de las personas.
Me conmueve, pero, contra lo que creía cuando era más joven, no me entristece. Quizá porque he sabido ganar algunas cosas mientras perdía las otras. Y porque creo en el presente, y en la fuerza que para él te da lo que ya no tienes, pero tuviste, y te hizo lo que eres, siempre que aceptes que es parte de la humana condición irse dejando a uno mismo por el camino.
No lo he dicho, algunos lo sabrán. La canción es Elegy, del grupo británico Jethro Tull, dirigido por el fabuloso e incombustible (sigue dando guerra) juglar escocés Ian Anderson. Un hatajo de genios que ponen en ridículo a algunos de los que hoy se dicen, y se creen, estrellas del pop.
He puesto arriba el vídeo en directo por el detalle de Ian recordando al compositor de la pieza, David Palmer, ya fuera del grupo en la fecha de ese concierto (y que tampoco existe ya como hombre; se sometió a una operación de cambio de sexo en 2004 y ahora es una mujer, Dee Palmer). Quien quiera oír la grabación de estudio, pinche abajo:
Salud. Y no tengáis miedo de perder, que eso somos, y así, paradójicamente, también nos vamos ganando.
O eso dice la reseña de "El alquimista impaciente" en la revista Litteratursiden.dk. Para los afortunados que puedan leer el idioma, la crítica está aquí.
Los demás podéis echaros unas risas con el traductor danés-español de Google. Haced la prueba, basta con meter el título en el buscador y cuando salga esa página, pedidle traducir.
Y más risas con Bevilacqua en idiomas extraños en este video:
Juro que no sé quien lo hizo ni por qué. Pero ahí está. Para quienes no lo sepan, Tödlicher Strand es el título de la traducción alemana de El lejano país de los estanques.