sábado, 24 de agosto de 2013

Decálogo



Me piden de El Confidencial que escriba un decálogo sobre cómo escribir una novela policiaca, al estilo del que dejó el recientemente fallecido Elmore Leonard.




En fin, improviso el mío, que me temo que va por otros derroteros, que no trato de comparar, y que no aspiro a que valgan para nadie que no sea yo. Faltaría más. Pero como en la variedad está el gusto, citado el del novelista norteamericano, os lo transcribo a continuación (la fuente original, aquí).


1. El primero se lo tomo prestado a Raymond Chandler: recuerda que cuando empiezas un libro igual da todo lo que hayas podido hacer antes; tu empeño te convierte en un principiante y sólo te salvará afrontarlo con pasión y humildad.

2. No intentes ser políticamente correcto ni incorrecto; pese a ser un concepto de moda, ha quedado completamente vacío y es inútil a efectos literarios. Ninguna obra vale por ofender o agradar, sino en tanto que su autor escribe lo que cree que debe sin miedo a causar uno u otro efecto, teniendo en cuenta que lo que irrita a unos complacerá siempre a otros, y viceversa.

3. Sé realista o fantasioso, como prefieras, porque eso no importa. Lo que importa es que seas coherente a la hora de elegir tus materiales narrativos (no mezcles al tuntún lo exacto con la patraña) e imaginativo a la hora de disponerlos y ensamblarlos (no te limites a levantar acta rutinaria de lo que es obvio).

4. Aplica a los personajes el imperativo categórico de Kant: no los trates como instrumentos, sino como fines en sí mismos. Cada uno de ellos, por fugaz que sea su papel, merece tener su lugar, su visión de las cosas, ser un pequeño mundo cuya historia pueda contarse. No necesariamente loable, pero sí consistente.

5. Las palabras son tu herramienta para contar: cuídalas como el artesano cuida las suyas, sabiendo que si no están bien afiladas y escogidas arruinarán la obra, y teniendo siempre en mente al elegirlas lo que quieres contar y para qué quieres contarlo.

6. El lector quiere descubrir algo que no conocía y llegar a algún lugar donde nunca estuvo. No le invites a pasear si no tienes pensado nada para asombrarle ni un destino al que conducirle.

7. El lector no quiere aburrirse: si no estás persuadido de la  necesidad de algo (ya sea un adjetivo, un personaje, un pasaje o todo un capítulo) suprímelo. Lo que no se siente como necesario conduce al aburrimiento, a la distracción y a tu fracaso.

8. El lector suele aspirar a pasar el rato, y nada hay de censurable en ese afán ni en tu esfuerzo para satisfacerle, pero le gustará más si dejas algo en su recuerdo. Siente el desafío de darle algo que trascienda lo que cuentas y que le resulte memorable.

9. El lector es, por definición, más inteligente que tú, salvo que seas tan necio como para creerte más inteligente que nadie. No intentes impresionarle con tu verbo, tu erudición o tu raciocinio, sino con tu rigor, tu imaginación y tu capacidad de llamar a las cosas por su nombre y poner en palabras lo que él ya sentía.

10. Sólo tienes al lector de hoy, y nada logras sin su complicidad, pero piensa en tu trabajo a largo plazo. Piensa en qué sumará o aportará a tu vida y a tu obra el libro que escribes, cuando lo recuerdes al final de tu camino. Ese horizonte te será más útil que pensar en la posteridad, que queda fuera de tu jurisdicción.

Abrazos.