jueves, 8 de mayo de 2014

Son reyes




Lo leo en uno de los mejores libros que ha caído en mis manos en los últimos años, Limónov, de Emmanuel Carrère. Una peculiar biografía novelada del poeta, activista, agitador y en algunos momentos (como reza inteligentemente la contraportada de la edición española, publicada por Anagrama) majadero abominable llamado Eduard Savienko, más conocido, dentro y fuera de esa Rusia cuyo pasaporte ostenta, aunque nació en lo que hoy es Ucrania, por el seudónimo que da título al libro, y que juega con las palabras limon (limón, en ruso) y limonka (que significa granada, de las de explosivo). Un tipo que pretende, su seudónimo lo delata, ser ácido y demoledor, y que de vez en cuando lo consigue, aunque son más sus tropiezos y fracasos. El libro, aun no rayando en todo momento a la misma altura, se lee con interés constante y tiene un desenlace verdaderamente apoteósico.

El texto que traigo aquí recoge lo que Limónov, es decir, Eduard Savienko, vislumbra como una especie de estado ideal. Y así lo transcribe Carrère:

Eduard prosigue diciendo que donde mejor se siente en el mundo es en Asia central. En ciudades como Samarcanda o Barnaúl. Ciudades achicharradas por el sol, polvorientas, lentas, violentas. Allá, a la sombra de las mezquitas, bajo los altos muros almenados, hay mendigos. Racimos enteros de mendigos. Son viejos macilentos, curtidos, desdentados, a menudo sin ojos.





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