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domingo, 26 de abril de 2009

Belgrado (y 3). Pío, pío, quién ha sido...




Hay una cosa respecto de Belgrado… La mayoría de la gente lo ha olvidado. Allá por 1999, no hace tanto, la bombardearon los aviones de la OTAN. La orden la dio un español, Javier Solana, y algunos de los cazabombarderos eran F-18 españoles. Los serbios eran malos, había que castigarlos. Oprimían a los kosovares, y tenían de jefe a un supervillano llamado Slobodan Milosevic. En fin, luego todo eso acabó con un Kosovo independiente que España se ha negado a reconocer. Y con un Milosevic que murió preso, antes de ser sentenciado. A lo mejor las cosas no eran tan claras, o podían haberse enfocado de otra forma. Cuántos tiranos siguen ahí sin que se les bombardee (o se bombardee, más bien, a los que han de soportarlos). A cuántos, en el pasado, se les ha dado tiempo para consumirse y dejar que la gente del país se reorganice por sí misma. En fin, me viene a la memoria un señor bajito, gallego. Dejémoslo.

Tras las noches de bombardeo, según me cuenta mi anfitrión español en Belgrado, Juan, los belgradenses se encontraban ojerosos en el supermercado, donde por cierto no sobraba la comida. Todos se quejaban de que no habían podido dormir. Juan, que notaba en las quejas un ligero tono de reproche hacia él, por su condición de español, les respondía: “Por lo menos a vosotros os bombardean gratis. Yo estoy pagando con mis impuestos las bombas que me tiran encima y los aviones que no me dejan dormir…” Así consiguió (providencialmente) llegar a darles lástima y hacerse perdonar, dice.

Los pepinos iban bien apuntados. Así quedó el cuartel general del ejército serbio, en el centro de Belgrado:


 

No lo han podido o querido reconstruir. La foto no es muy allá, mis disculpas. De nuevo con el teléfono y al paso desde un coche.

Ellos siguen dolidos. Cada tanto tiempo apedrean los McDonald’s (luego se les pasa, y los abarrotan, porque les encantan). Y en su trato conmigo, todo cordialidad, ni sombra de rencor hacia España. Tengo que reconocer que saben ser generosos. Les pido perdón, en la parte que me toca. Yo también pagué los aviones y las bombas con mis impuestos.

viernes, 24 de abril de 2009

Belgrado (2). La nuit.




Por la noche, no pude evitarlo, me di un largo paseo por Belgrado. Solo. Hay algo que me seduce mucho de encontrarse a solas con una ciudad. Es una suerte de aventura amorosa. Y las ciudades, en general, son apuestas más seguras que las mujeres (o los hombres, para quienes los prefieran a efectos de amores). Ninguna te será nunca desleal. Con ninguna reñirás, si tú no quieres. Y aún si riñes, siempre estarán ahí, con los brazos abiertos. 



Tomé fotos. De nuevo son del Nokia, que de noche va aún más corto. Pero no tenía otra cosa.

 


Mi camino tenía una meta, la cúpula iluminada de la gran iglesia de San Sava, visible a gran distancia. Desde que la divisé en la noche, me dije: tengo que llegar ahí. Y llegué. Y había esto:



San Sava era rey. Un día lo dejó todo para hacerse monje. Su gesto le valió la santidad y el amor inextinguible de los serbios, que lo recuerdan con este templo, aún en construcción (dato curioso: en el mismo lugar donde en 1595 los turcos quemaron los huesos del santo, para que el fuego lo viera toda la ciudad). Aspiran a que sea el más grande y suntuoso de todos los templos ortodoxos. Lo están llenando de mosaicos en los que el amarillo han de aportarlo láminas de oro. Así que aún les llevará tiempo, y una pasta. Curiosa manera de recordar al asceta. Pero la naturaleza humana es así. Pura paradoja.

jueves, 16 de abril de 2009

Belgrado, primavera.




A veces, un lugar te sorprende por la espalda. Sucede cuando menos lo esperas, donde menos pensabas dejarte sorprender. Por alguna estúpida razón, había imaginado que Belgrado era una ciudad más de la mitad oriental de Europa. Después de conocer Viena, Praga, Budapest, Varsovia… Bueno, pues seamos sinceros, que no esperaba gran cosa de Belgrado, nada que ya no hubiera visto, hasta cierto punto. Así que me merezco lo que me ha pasado. Me ha subyugado, literalmente.



En primer lugar, dónde está la ciudad, en la confluencia entre el Sava y el Danubio, dos ríos impresionantes (sobre todo, para quien vive en un país de ríos de chichinabo) cuyas verdes riberas llenas de bosques se abrazan con los edificios de la ciudad en una envidiable combinación. En segundo lugar, un tiempo cálido y apacible, que invitaba a pasear y a sentarse por doquier. Y en tercer lugar, los belgradenses y las belgradenses (y aquí sí tiene sentido la distinción, mojigaterías no-sexistas aparte; como dice mi amigo Rafael Reig, no digo más). 



Gente dada a la calle, al caminar, al sol, a las terrazas. Gente que va sin prisa, que ríe con sorprendente frecuencia (¿quién dijo que los eslavos no eran afables?). Gente, en fin, que disfruta ostensiblemente de la vida.

 


No hay grandes atracciones arquitectónicas. Mejor: cuando uno lleva unas cuantas decenas de países y de miles de kilómetros, los monumentos obligatorios son una lata. Lo hermoso, venturosamente, es la ciudad misma. La gran arteria peatonal, Knez Mihailova, llena de gente que va y viene a todas horas. El maravilloso parque Kalemegdan, un remanso de paz verde encaramado a la colina de la antigua fortaleza de Belgrado, dominando la fastuosa unión de los dos inmensos ríos. 



Y todo tan lleno de luz, el aire tibio, el sol tan gratificante. Mis amables anfitrionas serbias, Bojana y Aleksandra, me advierten que he tenido suerte, que días atrás hacia frío, que en invierno llueve mucho y hay mucha niebla, y en verano hace demasiado calor, con la humedad de los ríos. Bueno, pues sí, será que he tenido suerte, que la fortuna ha dispuesto para mi encuentro con Belgrado el momento justo. También eso ha de significar algo. Estoy seguro de que voy a volver. No sé si las fotos hacen justicia. Sólo llevaba mi Nokia E71 para captarlas. Cumple noblemente, pero es un teléfono, no una cámara de fotos… Abrazos serbios a todos. Creo que pondré algo más sobre Belgrado. Me va a costar evitarlo.