
Por suerte, no confié para llegar hasta allí ni en AENA ni en sus desquiciados controladores. No sé si será el estrés o lo raro del trabajo o de ganar sueldos inasequibles al resto de trabajadores por cuenta ajena (ya que discuten ser empleados públicos, esto no lo negarán). Pero si queréis alucinar leed este blog. No veo que esta señora controladora ande tan corta de tiempo para sus cosas como dice. Yo no podría con mi vida normal, y no dedicándome a nada más, ni leer todos los comentarios que ella lee y contesta.
En fin, que teniéndolos providencialmente sometidos a control militar (los militares, lo han demostrado, saben mantener la calma y hacerla mantener en situaciones de histeria colectiva), prefiero recordar ahora la sensación del pasado domingo en Portofino, hasta donde nos llevó a mi familia y a mí nuestro humilde y noble (por fiable) Seat.
Había estado lloviendo todo el día, pero en ese momento escampó. Serían las 20.30. No había nadie más, ni un alma, en todo el pueblo. A veces la vida sabe compensarte con largueza por los sinsabores absurdos que la insensatez humana te inflige.
Abrazos.