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sábado, 29 de enero de 2011

Verde que te quiero verde





¿Alguien adivina de dónde es la foto? ¿Gales, Bretaña, Escocia? Agua. Está tomada entre Kenitra y Larache, hace un par de días. Agua, sí, por todas partes, y un verde esmeralda que casi dolía en los ojos. He escrito muchas páginas sobre Marruecos, tratando de explicar por qué me parece un lugar lleno de intensidad y cargado de atractivo. Pero esta vez voy a dejar que os hablen las imágenes, con pies de foto mínimos. Fijaos en el color, el cielo, la luz. Podría remitiros también a los olores, a los sonidos, a un sinfín de sensaciones, todas muy vivas aún en mi memoria después de un periplo de cinco días por tierras marroquíes, de la mano del Instituto Cervantes (una de las mejores cosas que hemos hecho y hacemos los españoles en Marruecos) y en compañía de un buen amigo y compañero, Francisco José Jurado.

Pero eso será otro día, si acaso. Ahora sólo mirad (si queréis, claro).



Fez, un vistazo a la mezquita Qarauiyn. Desde fuera, está prohibida a infieles.




Tetuán, desde una azotea de la medina. Patrimonio de la Humanidad pero todavía fuera de la ruta convencional. Por eso sigue siendo una de mis preferidas.




Otra vez Tetuán: la luz, los colores, la gente, y al fondo el teatro español.




Rabat, Kasbah de los Udaia. Antiguo corazón de la república pirata de las dos Salé. Otro rinconcito fuera de lo consabido, y que uno lleva en el corazón.




La ría de Bu Regreg, rebosante, desde la Kasbah de los Udaia. Se nos unió el arco iris.




Un detalle de mi desayuno de esta mañana. No son ricos, y encima es una cafetería de aeropuerto, pero en cada mesa había una rosa amarilla recién cortada. Tienen esas cosas.


Y hasta aquí ha llegado el reportaje, por esta vez. Volveremos, Insh'Allah. Abrazos a todos.


lunes, 13 de abril de 2009

Marrakech. El color.




Prometí dar cuenta de los últimos viajes. El de hace poco más de un mes fue a Marruecos, donde tuve ocasión de conocer el recientemente inaugurado centro del Instituto Cervantes y a su pequeño pero entusiasta equipo a las órdenes de mi vieja amiga Lola López Enamorado. Se van a comer la ciudad, como les dejen (y aunque no les dejen). Por mi parte, debo agradecerles una emocionante lectura con adolescentes marroquíes de uno de mis torpes relatos, Un ingeniero para Jalima. El que quiera comprender mejor en qué sentido fue emocionante, puede encontrar el relato aquí.

No voy a añadir a estas alturas muchas explicaciones sobre por qué me gusta Marruecos. le dediqué un libro entero, Del Rif al Yebala, ya lo cuento por extenso allí. Sólo daré una razón más: el color. Frente a un mundo que se vuelve cada vez más uniforme y gris, ellos conservan el color y la diversidad. La imagen que abre esta entrada creo que resume bien lo que digo.

Y la que la cierra me gusta sin más. El niño está en el palacio Badi, antaño esplendorosa residencia de un poderoso sultán y hoy una no menos magnífica ruina.