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viernes, 12 de marzo de 2010

Dos agradecimientos




El primero, al autor de la entrevista que podéis leer pinchando en este enlace. Cuando uno lleva ya dos semanas hablando de lo mismo con muchos entrevistadores (mi gratitud a todos ellos, ante todo) reconforta mucho leer una en la que uno ve clavado no sólo todo lo que dijo, sino lo que quiso decir. Creo que es la que por ahora mejor transmite mis intenciones al escribir el libro y mis planteamientos sobre los asuntos de que trata (y en particular, sobre el que puede resultar más sensible). Quizá sucedió que esa mañana sevillana yo estaba menos obtuso que de costumbre, pero también, sin duda, que el que lo hizo es un profesional de pies a cabeza (y no quiero decir, aviso a mal pensados, que los demás no lo fueran). Gracias, Braulio, por hacerme posible remitir desde aquí a un resumen tan pertinente y tan preciso de lo que buscaba comunicar.

Y el segundo agradecimiento, para el hombre cuya foto encabeza esta entrada: Miguel Delibes. Por escritor sabio y coherente, por tipo íntegro, por maestro. Recomiendo vivamente leer su discurso de aceptación del Cervantes. Y para completar sus ideas, y en su homenaje, hoy ya póstumo, estas palabras de otro maestro de novelistas, Joseph Conrad:

De todos los libros, las novelas, que debieran ser especialmente amadas por las Musas, son las que más apelan a nuestra compasión. El arte del novelista es simple, y al mismo tiempo el más huidizo de los creativos, el más susceptible de resultar oscurecido por los escrúpulos de quienes lo sirven y veneran, el que está preeminentemente destinado a llevar más turbulencia a la mente y al corazón del artista. Después de todo, la creación de un mundo no es empresa parva, excepto quizás para quienes poseen dotes divinas. En verdad, todo novelista debe empezar por crear para sí mismo un mundo, pequeño o grande, en el que honestamente pueda creer. Y ese no puede ser sino conforme a su propia imagen: ha de ser inevitablemente individual y un tanto misterioso; pero, a la vez, ha de resultar familiar a la experiencia, pensamientos y sensaciones de los lectores. En lo más recóndito de toda ficción, hasta de la que menos merece el nombre, puede hallarse algo de verdad. (...) El abarcarlo todo en una concepción armoniosa es un logro no poco importante; incluso el intentarlo deliberadamente, con ánimo serio y cabal, no por impulso inane de un corazón ignorante, representa una honorable ambición.

Delibes llenó con su vida y obra las palabras que preceden. Descanse en paz.

domingo, 4 de enero de 2009

Casavella, in memoriam

Lo que sigue es un artículo inédito que escribí para el diario Público, y que no apareció porque mi colaboración con ese diario se encuentra en trance de redefinición. Si a alguien le interesa, espero poder dar noticias pronto al respecto. Yendo al artículo, no quería dejar de darlo a conocer. Y como se entenderá al leerlo, no quería dejar de hacerlo antes del 6 de enero.


Casavella, in memoriam


El próximo 6 de enero alguien ganará el Premio Nadal 2009. Es un acontecimiento puntual y esperable, desde el día de Reyes de 1944, cuando una joven y desconocida autora, Carmen Laforet, se llevó (contra pronóstico) la primera edición de este galardón literario, el más antiguo de los que se conceden en España. Lo que nadie podía esperar era que ese día el vigente ganador del premio, es decir, el autor que triunfó en la edición de 2008, ya no se encontraría entre nosotros. El hecho, insólito, va contra la lógica intrínseca del Nadal, que una y otra vez se ha distinguido por reconocer a escritores con una proyección futura que muchos han confirmado con el paso del tiempo. Y no pocos de ellos (Delibes, Matute, Ferlosio) por espacio de varias décadas.

Intensidad y hondura

No, Francisco Casavella, ganador del Premio Nadal 2008 con la novela Lo que sé de los vampiros, no tenía que habérsenos muerto así, tan de golpe, sin tiempo siquiera para ceder el testigo. Porque sólo tenía 45 años, porque atesoraba un enorme talento y un ingenio desbordante, y porque a todo ello sumaba una capacidad de trabajo y autoexigencia que nos permitía a sus lectores esperar en los años venideros una obra repleta de inteligencia, audacia y satisfacciones. No era, aunque hasta el Premio Nadal no se hubiera hecho visible ante el gran público, un recién llegado: llevaba casi dos décadas escribiendo y publicando libros tan originales como significativos, desde El triunfo (1990) hasta la trilogía El día del Watusi (2002-2003), en los que se acercaba con una intensidad y una hondura infrecuentes a esos olvidados de la literatura española que son los habitantes de los márgenes de la sociedad.

Un formidable lector

Además, Casavella era un formidable lector. Había leído todo lo que hay que leer y bastante más, y recuerdo pocos guías tan fiables para orientarse entre el alud de libros que inundan las mesas de novedades y entre el ingente patrimonio acumulado de los clásicos de la literatura. Y menos aún con su instinto para intuir cuántos y cuáles entre los primeros pasarían a contarse entre los segundos.

Nos queda releerle

Por todo lo dicho, y por muchas otras razones que no caben en esta columna, resulta muy difícil aceptar que todo lo que Casavella podía dar, como lector y escritor, quedó interrumpido el pasado 17 de diciembre. A los que lo seguíamos sólo nos quedará (y no es poco) releerle. A quienes no lo leyeron antes, les aguarda aún la emoción de descubrirle. Fue un escritor que supo contar con pulso firme su lugar y su tiempo. Gracias a él se recordará mejor quiénes fuimos; incluso nosotros mismos nos recordaremos mejor. No deberíamos olvidarle.


Hasta aquí el artículo. Y una recomendación para terminar: el estupendo y emocionante artículo que ha publicado Luisa Castro sobre Casavella en El País:

Lo que sé de Casavella, por Luisa Castro