viernes, 24 de abril de 2009

Belgrado (2). La nuit.




Por la noche, no pude evitarlo, me di un largo paseo por Belgrado. Solo. Hay algo que me seduce mucho de encontrarse a solas con una ciudad. Es una suerte de aventura amorosa. Y las ciudades, en general, son apuestas más seguras que las mujeres (o los hombres, para quienes los prefieran a efectos de amores). Ninguna te será nunca desleal. Con ninguna reñirás, si tú no quieres. Y aún si riñes, siempre estarán ahí, con los brazos abiertos. 



Tomé fotos. De nuevo son del Nokia, que de noche va aún más corto. Pero no tenía otra cosa.

 


Mi camino tenía una meta, la cúpula iluminada de la gran iglesia de San Sava, visible a gran distancia. Desde que la divisé en la noche, me dije: tengo que llegar ahí. Y llegué. Y había esto:



San Sava era rey. Un día lo dejó todo para hacerse monje. Su gesto le valió la santidad y el amor inextinguible de los serbios, que lo recuerdan con este templo, aún en construcción (dato curioso: en el mismo lugar donde en 1595 los turcos quemaron los huesos del santo, para que el fuego lo viera toda la ciudad). Aspiran a que sea el más grande y suntuoso de todos los templos ortodoxos. Lo están llenando de mosaicos en los que el amarillo han de aportarlo láminas de oro. Así que aún les llevará tiempo, y una pasta. Curiosa manera de recordar al asceta. Pero la naturaleza humana es así. Pura paradoja.