domingo, 21 de marzo de 2010

Otra entrevista, tres críticas y un reto zaragozano





La entrevista (otra de esas que demuestran que hay gente con la que uno se vuelve inopinadamente más inteligente y preciso de lo que es en realidad) es ésta que hizo Herme Cerezo, de Valencia, para el Diario Siglo XXI.

Las tres críticas, las primeras que veo publicadas sobre La estrategia del agua, son las de Javier Puebla (que es amigo, pero no suele decir lo que no piensa), Adolfo Torrecilla (que ni es amigo ni deja de serlo, no hemos tenido casi trato, pero me consta que suele ser exigente) e Iñaki Ezkerra (con quien tuve un severo desencuentro hace años por una crítica sobre Carta blanca en la que no se limitó a juzgar el libro, cosa que siempre acato, sino que extendió su censura a la honradez de las intenciones del autor y además formuló hipótesis históricas muy personales con las que hube de disentir públicamente; creo que debo transcribir esta reseña que hace de la nueva novela porque, con esos antecedentes, lo que de ella dice sin duda le honra como crítico).

Y por último, el reto: hace unos días tuvimos un taller en Zaragoza con un puñado de chavales y de alumnos más creciditos. Acabó con un reto: el de escribir la escena de hallazgo del cadáver por un investigador de homicidios. Cada uno debía inventarse su cadáver y su investigador. Y la propuesta era colgar el resultado en este blog, como comentario a la entrada correspondiente. Pues bien, si algún valiente acepta el reto, éste es el lugar. Vale también para quien no asistiera al taller...

Abrazos a todos.

7 comentarios:

Paco Gómez Escribano dijo...

Magnífica entrevista, Lorenzo. Por cierto, felicidades por las ventas. Y he aceptado el reto, así que ahí va mi relato. Un abrazo.

El inspector Antonio Parras, de homicidios, entró en el edificio en ruinas que había sido el matadero dando una patada a los tablones que había en el hueco de una de las puertas de entrada. Casi se cae por el impulso de la patada, un esfuerzo muy superior al necesario para romper unos tablones medio podridos. Uno de los confidentes habituales le había dicho que muchas prostitutas utilizaban el antiguo matadero como picadero, así se ahorraban la habitación. El sitio era cutre, estaba sucio y olía a orines. El inspector no se hacía a la idea de cómo alguien podía realizar allí actos sexuales. Pero, claro, la prostitución de la zona tampoco era de lujo, los clientes no eran precisamente ricos. A veces ni siquiera tenían un trabajo.
Avanzó temiéndose lo peor. Hacía dos días que nadie veía a Laura. Había objetos por todos los lados, algunos inverosímiles. El inspector tuvo cuidado de no pisar ninguna jeringuilla. Después de recorrer la planta baja subió una altura más. Había transcurrido media hora cuando el inspector se topó con un zapato rojo de tacón. Unos minutos después vio un pie desnudo asomando por debajo de una puerta que había en el suelo. La apartó y contempló la espalda desnuda de una mujer. El espectáculo no era agradable. El cuerpo de la chica estaba desnudo y presentaba mordeduras que presuntamente serían de las ratas que habitaban el edificio. Extrajo unos guantes de látex de su bolsillo, se enfundó las manos y dio la vuelta al cuerpo. Las cuencas de los ojos estaban vacías. Por más que se fijó, la chica no presentaba ningún orificio de bala ni de arma blanca. La causa de la muerte estaba más que clara. Después de un leve reconocimiento advirtió que la tráquea de Laura estaba rota. El cabrón que hubiera hecho eso la había apretado el cuello con todas sus fuerzas.
Sacó su cámara digital de alta resolución y realizó algunas fotos. Laura le observaba con la mirada vacía. Y vacía estaba su alma también de sentimientos, única forma de realizar su trabajo sin enloquecer.
Al cabo de quince minutos llamó a la central. Después se sentó en una caja de madera cochambrosa a unos diez metros del cadáver y se encendió un cigarrillo. En breves instantes aquello estaría lleno de pasmas y de forenses, momento en el que él se retiraría a emborracharse, una vez más, en el silencio y en la penumbra del salón de su diminuto apartamento.

Alfonso Martín Erro dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Alfonso Martín Erro dijo...

Ahí va el reto (Ahora si. Por cierto, paco, muy bueno):

—Pablo, las niñas se están asustando.

Hacía frío y era tarde. Desde el exterior del callejón, una mujer atónita y dos niñas temblorosas contemplaban cómo el cabeza de familia se había parado, justo en la entrada de un oscuro callejón. Se interesaba en una figura humana, en un tipo sentado en el suelo y apoyado en la pared desconchada. Estaba guarecido entre dos contenedores de basura. El hombre giró la cabeza observando a distancia a aquel tipo, tirado de aquella manera. No era raro ver vagabundos en aquella zona del centro de la ciudad. Cada vez más. Ya no eran los habituales desposeídos sociales, los habituales perdedores. Ahora se veía gente corriente, los mismos que uno se puede cruzar en el autobús o sentado frente a una mesa de una oficina. Gente que había sido expulsada por un sistema aparentemente seguro pero que de vez en cuando hacía naufragar. Ángeles expulsados del paraíso del capital. Pero aquel tipo no parecía de esos. Desde el exterior del callejón, solo se podía apreciar que no se movía y tenía la cabeza ladeada, exhibiendo una postura algo grotesca. Cualquiera hubiera pensado al fijarse en él que se trataba de otro borracho más tirado en un callejón. Pero Guzmán era muy observador. Su trabajo se lo exigía. Cualquier detalle trivial, que al resto de los transeúntes le hubiera pasado desapercibido. Algo no encajaba.

— ¿No puedes dejarlo ni siquiera en estas fiestas?

Guzmán no respondió. Seguía atento en aquella figura olvidada, perteneciente a otro mundo, oscuro y sucio. Desde el exterior, de escaparates luminosos, su mujer y sus dos hijas le esperaban a varios pasos de distancia. Al fin, entró en el callejón y se acercó al cuerpo. Le observó con cuidado. Pudo apreciar que estaba bien vestido. No era un vagabundo. No olía a alcohol. Tampoco su aliento, pues no tenía. Luego se fijó con más atención, más arriba, y el viejo subinspector Guzmán sonrió y se dijo a sí mismo que sus tripas nunca le habían fallado.

—¿Central? Aquí Guzmán. Pasaje de carena. Varón blanco de unos treinta y cinco años, complexión fuerte. Muerto aparentemente por traumatismo craneoencefálico… ¿Qué si estoy de servicio?, no, no lo estoy. Corto.

A su hija mayor siempre le pareció que su padre tenía un trabajo especial. Enseñaba su placa y se llevaba a los malos, como en las series de la tele. Pero cuando le escuchó hablando por su teléfono móvil, le pareció más que desempeñaba un trabajo normal. Avisaba del hallazgo de un hombre muerto con insoportable impasibilidad. Aquel suceso terrible, dramático, para una inocente niña de doce años. No hizo caso a su madre cuando le ordenó que no entrara en aquel lugar, que dejase hacer a papá. Pero él no la vio, petrificada al contemplar el cuerpo de aquel hombre al que le faltaba parte de su cabeza. Pasado el tiempo, ella nunca olvidaría la forma en que abandonó el mundo inocente de la niñez.

Citopensis dijo...

"El hombre observó el cadáver mientras desplazaba la punta de la lengua sobre sus labios.

Había muerto con un tajo en la yugular, desangrado colgado de una rama de árbol viejo ya cansada de tanto ser instrumento de muerte.

Sacó un cuchillo y cortó la cuerda que le mecía al ritmo del viento cansino de la mañana. Cuando la carne golpeó la tierra los miembros de su equipo dieron un paso atrás para no ser salpicados por la sangre aún fresca en el charco que se había formado debajo.

Metieron los sesenta kilos de grasa en uno de los estantes de la furgoneta y arrancó el motor pensando en lo interesante que iba a ser la "autopsia".

Volvió a pasar la lengua por encima de sus labios.

Menudo filete de cerdo estaba imaginando."


(Es un poco tramposo el relato...)

Paco Gómez Escribano dijo...

Bueno también el tuyo, Alfonso. Un abrazo.

César Bardés dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
César Bardés dijo...

El olor a muerte impregnaba la nariz a pesar de que sólo flotaba en el aire un intenso aroma a oscuridad rancia. Se caló un poco más el sombrero para esquivar las miradas de los curiosos que se arremolinaban alrededor de la puerta de entrada que parecía invitar a salir por el desgaste de su madera alrededor del pomo. En las paredes, había salpicaduras de grasa de la cocina que se mezclaban macabramente con la salsa roja de la muerte violenta que había tenido lugar apenas una hora antes. La puerta de la nevera estaba entreabierta y el propio cadáver ejercía de tope, como no queriendo descubrir los secretos gastronómicos de la víctima, intimidad secreta, recogimiento de una eternidad recién comenzada. El inspector de policía no hizo ninguna pregunta aunque, con los ojos, buscaba desesperadamente un soplo de aire fresco en un piso que había nacido para ser recipiente de la desgracia y, dentro de él, se esbozó una pequeña y apenas perceptible sonrisa porque el asesino había liberado de la miseria a aquella mujer que aún miraba hacia un rincón del techo del que colgaba un hilillo, mezcla de polvo y tejido de araña. Igual que esos ojos abiertos, había unos cuantos agujeros desgarrados en el cuerpo, de color rojo oscuro y repletos de lágrimas que resbalaban hacia los lados, testigos mudos y elocuentes de un puñal que había entrado en casa ajena con la furia y la rabia del crimen empujado sin premeditación. Aquellos ojos oscuros, le perseguirían durante meses, horadando su propio pensamiento tan convenientemente disfrazado ahora de sombrero y que no tardaría en deteriorarse a la intemperie de la mentira. Algunos asesinatos se graban con una fuerza tan grande que se evaden de la razón cortando por sorpresa todas las alambradas.